lunes, 26 de marzo de 2012

Be my cornflake boy.

(una canción para ambientar la lectura, más que nada, porque estaba sonando mientras escribí....)

Camina por la calle despacio, parece que los cerezos han comenzado a dar flores, se nota que empieza a llegar el calor.
Hay un cruce, espera tranquila. El semáforo se pone en verde y arranca a andar.
Va mirando las caras de la gente, todos anónimos, como ella.
No sabe dónde va y tampoco le importa. Simplemente camina.
Es sorprendente la rapidez con que la que va gente por la calle, siempre
con prisa, intentando no perder ni un segundo, exprimiendo el tiempo.
Sin darse cuenta de que la vida pasa rápido pero eso no quiere decir que no tengamos que disfrutar. Todos van de aquí, para allá, para después volver y más tarde tener que volver a volver, todos viajan, montan en coche, autobús, tren, metro... Apretados, rodeados de gente. Nadie se para a ver lo que le rodea... a disfrutar de un paseo tranquilo, de una sonrisa de un desconocido, de ver caer las hojas de los árboles, de notar como los rayos de sol acarician su piel, del frescor del agua cuando tiene sed, de observar el movimiento de una ciudad y la tranquilidad del campo.
La gente va tan rápido que no se para a observar, a descubrir, a experimentar...
Todos van tan deprisa que le cansan...

Se sienta en un banco y comienza a deshacer la china que llevaba guardada en el bolsillo, sin prisa. Esta mañana el sol luce como pocas, será que se ha parado para mirarlo... y la brisa matutina acaricia sus mejillas. Sigue observando.

Ahora parece estar en otro universo, en el mismo que los demás, pero en otro a la vez. Todo va rodado en el suyo, está programado, con calendarios, horarios, caminos, atajos, funciones, leyes, códigos éticos y morales, religiones... todo dentro de un organismo enorme en "perfecto" funcionamiento. Se siente fuera, simplemente observadora de ese mundo, mientras su canuto se consume...


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