¿Sabes esa sensación que te impide pensar con claridad? ¿Esa desesperación que sientes cuando no entiendes nada? ¿Cuándo crees que ya no puedes hacer más? ¿Lo sabes?. Ella sí.
Ella estaba descubriendo la oscuridad en su persona, estaba empezando a ver que las cosas no pasan como te gustaría, ni como crees que deberían pasar, pasan como pasan. Es así y normalmente no podemos hacer nada para impedirlo. Pasan como pasan, porque algo tiene que pasar, algo tiene que haber que nos demuestre que no somos dueños de la vida. Que la vida surge si quiere, y si no, pues nada. Que las oportunidades vienen y van y los caminos se van y se vuelven a cruzar después. Pues bien, esa sensación… no la dejaba pensar.
Y cuando no puede pensar se frustra. Es horrible no poder articular palabras ni si quiera para ti mismo. Es como si vas a una tienda, te compras unas zapatillas y de pronto te das cuenta de que tan solo hay una zapatilla, ¿Y ahora qué? Estoy coja, me falta el hilo de mis pensamientos. ¿Cómo voy a ir por ahí con una sola zapatilla? ¿Cómo puedo comprender el mundo si no tengo más que una zapatilla? Dios. Era horrible. Y le daba miedo.
Estaba acojonada. Al menos el miedo si que podía sentirlo, entrando en su cuerpo a medida que iba avanzando en su día. Al menos todavía podía sentir algo.
Y así, presa únicamente de sus sentimientos fue cayendo en una espiral de miedo, vergüenza, culpa, desesperanza… y dicen que no volvió a recuperarse.
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