lunes, 5 de noviembre de 2012

El retrato de Dorian Gray.

El suspense le resultaba intolerable. El tiempo le parecía arrastrarse con pies de plomo, y él se sentía transportado por una monstruosa ráfaga al borde de un precipicio anchuroso. Presintió lo que le esperaba, casi como si estuviera viéndolo; comprimía con manos sudorosas sus párpados abrasadores, como para destruir su vista o hundir para siempre en sus órbitas los globos de sus ojos. Su cerebro tenía aliento en sí mismo, y la visión, convertida en grotesca por el terror, se desarrollaba en contorsiones dolorosamente desfiguradas, bailando ante él como un pelele inmundo y gesticulando con diferentes máscaras. Entonces, súbitamente, el tiempo se detuvo y aquella fuerza ciega, de pausado aliento, cesó en su hormigueo. Durante esta muerte del tiempo, horribles pensamientos corrieron ante él, mostrándole un porvenir horrendo. Al contemplarlo, el espanto le petrificó.


(Un párrafo tan intenso, que no he podido evitar publicarlo)

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